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domingo, 3 de agosto de 2025

La vida de mi madre con Palestina en el corazón

 



En el cumpleaños de mi madre. Olga Marta Mena Vincenti, nació en San José, la capital de Costa Rica un 3 de agosto. Mi madre nació vivaz, rebelde y con una enorme energía. Es una mujer  muy inteligente, solidaria y, sobre todo, valiente. Siempre transgresora, tiene el don maravilloso de decir las cosas de frente y sin tapujos, con una elegancia y educación  única  para hacerlo

 Su increíble capacidad  de expresar lo que piensa, es un verdadero don.  Sabe decir  esas verdades que la gente no quiere escuchar. Es directa, certera y firme para enfrentar machirulos y  señoras arrogantes. Es valientA  a la hora de defender sus derechos en lo individual y en  lo colectivo. 

Olguis, es una mezcla  clara de la herencia corsa, la de mi abuela Ángela  y la indígena de  mi abuelo, José Luis. Este último muchas veces escondido, porque en la familia ampliada decir que nuestro abuelo fue indígena no es blancamente bien visto. Pero mi madre, orgullosa de su mezcla, orgullosa de sus  genes, de  los cuales nos heredó la mitad a mi y a mis hermanas. Orgullosa de su familia trabajadora de mujeres que cocinaban para los ricos y zurcían medias a las señoras de alcurnia. Esa mezcla de orgullo, alegría y digna rebeldía.

Mi madre me enseña  de  valentía y  coherencia, no solo en libros, sino con su propia vida. Olguis es de esas personas imprescindibles.

San Ramón, el pueblo entre montañas donde decidió vivir con mi padre, es un pueblo con muy conservador, clasista, incluso hay quienes creen que es “la capital del mundo”. Allí, lo rancio, el amiguismo y la religiosidad más hipócrita ganan batallas. Es un lugar de gente de rancio abolengo, donde señoras muy señoras de todas las edades y señoros muy señoros con su Biblia bajo el brazo señalan a quienes son diferentes, a quienes deciden hablar en alto y con voz propia. Enfrente de ellos, gente que alza la voz, y resguardan la memoria  en un legado histórico de lucha social, disidencia y resistencia. 

El martes 26 de julio recién pasado, mi madre participó en una manifestación en el Concejo Municipal de San Ramón. Allí, personas buenas, valientes y comprometidas, porque sí, también hay mucha gente valiente en ese pueblo,  se dieron cita para protestar y exigir explicaciones por la visita que hizo la alcaldesa Gabriela Jiménez Corrales al Estado de Israel.

La alcaldesa, que se dice cristiana y que llegó al cargo con el apoyo de un amplio sector del evangelismo, aceptó una invitación del Estado de Israel para “conocer sobre seguridad” y otras maravillas violentas. Todo, mientras ese mismo Estado comete un genocidio: impide el ingreso de ayuda humanitaria, mata de hambre y de balas a niños, destruye hospitales y lanza bombas sobre una población atrapada. El discurso hipócrita de un estado  genocida que busca consolidar su apoyo alrededor del mundo.

Hipócritamente, la alcaldesa —la misma que puso una enorme escultura de la Virgen María con el niño en brazos en medio del parque del pueblo— se mostró sonriente en las imágenes de su visita a Israel,  mientras en Gaza madres cargan en brazos a sus hijos moribundos,  niños desnutridos, asesinados de hambre y balas.

La alcaldesa,  que aplaude al señor que grita los miércoles por la tele, sí que , el presidente Rodrigo Chaves dice con sorna que firmará si le da la gana el tratado de libre comercio entre Israel y Costa Rica. Todo con ese cinismo que ya parece costumbre .

Ese martes, mi madre se acercó al Concejo junto con muchas otras personas. La alcaldesa estaba de vacaciones. Los miembros del Concejo intentaban desalojar a activistas, estudiantes, artistas, vecinos y vecinas. Llamaron a seguridad. “Palestina no es un tema que interese”, decían algunos concejales.

Mi madre, sentada junto a mi padre en primera fila del salón de sesiones del ayuntamiento, con su kufiyya bien puesta. Mi madre,  con su cartel en mano, sí  porque ella siempre hace carteles y sale con ellos a la calle a protestar, se enfrentó a un policía. Un hombre, de esos de arrogancia viril que, con sendo revolver a la cintura decía:"- soy de la policía canina” e  intentaba amedrentar a quienes alzaban la voz contra el genocidio en Gaza, exigiendo cuentas políticas a la alcaldesa por la visita oficial que hizo a Israel  y al concejo municipal por autorizarla.

Mientras las autoridades municipales decían que era por aforo y contaban a los asistentes, la seguridad  daba pase a varios empresarios israelíes, quienes prepotentes, sin hablar español, blandían  banderas azules y blancas, el objetivo era claro: expulsar a quienes se manifestaban  a favor de la paz en Palestina.

A toda costa la dirección municipal deseaba que las  personas salieran del recinto donde sesiona el concejo. El policía se acercó.  Mi madre, firme,énfática,  lo miró a los ojos y le dijo alto y claro:

“Aquí no somos animales. No venga usted a tratarnos, ni a contarnos  como si lo fuésemos, y mucho menos por ser de la policía canina, porque usted nos violenta.”

Las risas de los concejales, los funcionarios, la burla, el matonismo del policía

 Mi madre, 84 años. Olé, con sus dos ovarios.

Vivan esas canas rebeldes, hermosas y dignas.

Mi madre valiente.

Mi madre lúcida.

Mi madre guapa.

Feliz cumpleaños y mucha vida.

Y que viva toda la gente valiente: esa que no calla, que habla de frente, sin miedo, que se organiza, lucha y defiende causas justas.

Esa gente que, en los pueblos, alza la bandera palestina con dignidad y fuerza y grita:

“¡Palestina libre!”

“¡Alto al genocidio!”

 Gracias, madre, por la vida.


Ana-Marcela Montanaro

Madrid 3 de agosto y verano 2025


martes, 11 de octubre de 2016

El hombre de las mil palabras





Leyman Muñoz Aguirre: Cinco años de ausencia. 

Recuerdo el día que nos conocimos, era nuestro primer año de universidad. Vengo de Esparza y vos, ¿quién sos? me preguntó. Charlamos sobre literatura  y por supuesto de política.  A partir de esa conversación nos hicimos amigos ,nos unimos por 22 años y por toda la eternidad.

No sé cuántas veces lloramos juntos. Aunque era yo  quien más lloraba. Siempre tuve su hombro, su abrazo, su optimismo y por supuesto su risa. Nos unía también el dolor. Ese dolor profundo y complicado de explicar, ese que la gente no entiende ni se preocupa por entender, lo vivimos desde la complicidad y el amor de la amistad. Lo compartimos, al igual que compartimos el pan.

Pero a pesar de ello muchas más fueron las risas y alegrías que nos regalamos. Vivimos momentos felices, como el nacimiento de Jorge Arturo, mi hijo, y pocos meses después el nacimiento de Néstor Felipe, el hijo suyo y de Yanory, su compañera en aquél momento. Fuimos padres y madres jóvenes teníamos apenas veinte años.

En los pasillos de la Universidad de Costa Rica - Sede de Occidente, nos hermanamos y abrazamos luchas e ideales.  Para la Huelga Nacional de 1995 en contra el Pacto del bipartidismo conocido como Figueres- Calderón. Él, Yanory y yo, nos inventamos el Frente Estudiantil, una organización constituida por tres personas. Pero con ese nombre tan pomposamente  revolucionario,  logramos hacer creer que éramos una multitud de estudiantes chancletudos o perro flautas como dirían en España, dispuestos a tomar la Facultad de Derecho.  

Nuestra “organización” logró movilizar a otros sectores del movimiento estudiantil y entre todos hicimos que la junta directiva de la Asociación de Estudiantes de Derecho plegada a los intereses del gobierno, echase para atrás y cambiara su posición respecto al movimiento huelguístico.  

En marzo de 2000, llegué con los ojos llenos de lágrimas a su casa; "Leyman nos están robando el ICE", nos miramos y con pausa me dijo vamos a hacer algo. Sacó unos pliegos de papel, hicimos carteles y nos fuimos a empapelar San Ramón, el pueblo donde vivíamos. Ese domingo por la noche  en complicidad, inició para nosotros la lucha que se hizo multitudinaria por la defensa del Instituto Costarricense de Electricidad conocida como Combo del ICE. 

El Combo fue una de las gestas del movimiento social que en Costa Rica tomó las autopistas, las calles, los puentes y hasta el Congreso. Exigíamos la no privatización de la energía eléctrica, la telefonía y pidiendo literalmente a gritos un cambio en la dirección política del país. En San Ramón conformamos el Comité Cívico de Occidente que aglutinó a una gran cantidad de personas y desde esa instancia horizontal y asamblearia, dimos una lucha clara y amorosa,

Leyman y yo una vez nos peleamos, pasaron unos meses y la vida nos reencontró. Nos abrazamos y volvimos a reír juntos. Hermanos por decisión mutua, amigos, colegas, cómplices; eso y más fuimos  y aún siento que somos.

Hombre brillante, de verbo impecable, un jurista sin alardes, poeta de más de mil palabras y silencios, apasionado en todo lo que hacía. Era de las personas con quien más me he reído, poseía un exquisito, inteligente  y refinado sentido del humor con las dosis adecuadas de sarcasmo. Vaya montón de tonterías profundas podía decir en medio de un debate  o tomando una cerveza mientras arreglábamos el mundo. 

Leyman hace cinco años partió al encuentro de la luz, la que siempre buscó con ahínco y esperanza. Su dolor era ya muy profundo. Desde ese 11 de octubre de 2011 no hay día en que no lo recuerde.

A veces lo abrazo en ausencia, le cuento lo que me pasa, le pregunto mis dudas jurídicas y existenciales. Lo miro en las fotos y en el atrapasueños que me dejó de regalo. Escucho sus carcajadas rompiendo mis silencios y sus dicharachos que a cualquiera descontrolaban. 

Leyman no te fuiste antes de tiempo, te fuiste en el momento que era el justo y preciso. De mi parte agradezco el saber que a pesar de la ausencia física seguirás siendo mi hermano.